Página/12 | Opinión
Esta semana la Unión Industrial Argentina (UIA) emitió un comunicado en el que le pidió al Presidente que deje de maltratar a sus asociados. Le dice: mire, nosotros queremos apoyar a su gobierno, porque estamos de acuerdo con sus lineamientos generales, pero deje de agredirnos, deje de insultarnos. La Asociación Empresaria Argentina (AEA) emitió una declaración en términos similares; allí parece decirle al gobierno: por favor, trátennos bien.
Estos grandes empresarios están en una gran contradicción: por un lado, quieren apoyar a la actual administración; pero, por otro, les resulta muy difícil hacerlo en un marco donde el mismo Presidente los ridiculiza con apodos, entre otras agresiones. Tampoco ayuda el cierre o la grave crisis de gran cantidad de empresas afectadas por las políticas gubernamentales.
La UIA está compuesta por una mayoría de sectores a los que no les va bien. Entre otros indicadores críticos, casi la mitad de la capacidad instalada industrial está ociosa debido a la apertura importadora y la fuerte caída de la demanda interna.
Entre 2023 y 2025, Argentina tuvo la segunda peor caída de la producción industrial del mundo, según un informe elaborado en base a datos de Naciones Unidas. La caída de la industria en nuestro país en el período fue del 7,9% y ello ha traído como consecuencia el cierre de empresas y gran cantidad de despidos.
El proyecto de país libertario se centra en tres sectores: minería, energía y agro. Por lo cual, lo que sucede con la industria no es un daño inesperado: son los efectos de un modelo en proceso de instalación. Hace algunos años, cuestionábamos que nuestro país exportara cuero e importara zapatos. Pasado el tiempo, hoy estamos ante la misma disyuntiva: no está mal que tengamos proyectos de desarrollo minero, lo que está mal es que esos proyectos sean de exportación de minerales en bruto, sin industrializarlos. Si fabricáramos, por ejemplo, baterías de litio, sería otra cosa: un modo de generar exportaciones, divisas, trabajo local, etc. Lo contrario es exportar el litio en su estado natural. Esa primarización de la economía no produce ni desarrollo ni puestos de trabajo.
También es devastador lo que está sucediendo con el consumo minorista, donde se ha generalizado el cierre de negocios y el despido de trabajadores y trabajadoras.
Por estas razones ―y otras― el modelo de país propuesto por el presidente Milei resulta, en nuestra opinión, insustentable. Hoy lo sostiene, entre otras cosas, las expectativas que mantiene una parte de la población sobre su desempeño futuro. Todavía estamos en un escenario donde muchos argentinos y argentinas creen que lo que está mal hoy, podría estar bien mañana. Es lo mismo que sucedió con gobiernos similares en los que se utilizaron frases esperanzadoras: “lo peor ya pasó”, “estamos mal, pero vamos bien”, “la luz está al final del túnel”.
Uno de los ejes argumentales del gobierno consiste en diferenciar entre la macroeconomía y la microeconomía. Pero esa disociación no existe. Desde nuestra perspectiva, lo que llaman la macro son las condiciones que deberían permitir que la micro esté bien y que, por lo tanto, a la gente le vaya bien. Si el dólar está planchado y la inflación está contenida, entre otros indicadores, pero todos los días cierran empresas, la gente se queda sin empleo y el consumo baja, ¿de qué te sirve la macro “ordenada”?
En síntesis: la macro debería ser la herramienta para que las políticas que impactan positivamente sobre la vida de la gente funcionen. Si no, estamos siempre en lo mismo: es el médico que se dirige a los familiares y les informa que la operación ha sido un éxito, técnicamente perfecta, pero el paciente ha fallecido. La única política económica buena es la que resuelve los problemas de la gente.
El gobierno también viene insistiendo con que la ciudadanía saque los dólares “del colchón”. Lo hace, entre otras razones, porque tiene un reclamo del FMI de aumentar las reservas. Durante 2025 los argentinos y las argentinas compraron “sin fines determinados” 35 mil millones de dólares. Ello es el equivalente a todo lo que la Argentina exportó de oleaginosas y cereales, lo que representa el 41% de las ventas externas totales.
En otro orden de cosas, el discurso del presidente Milei el domingo pasado contuvo varias referencias al alineamiento incondicional de la Argentina con los Estados Unidos. Ello sucede en un momento histórico en el que se está produciendo la ruptura con el orden mundial que emergió después de la Segunda Guerra. Allí nacieron diversas organizaciones que estructuraron el funcionamiento global durante años, como la ONU, el Consejo de Seguridad de esta última entidad, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la UNESCO, entre otras. En la actualidad, todo ese andamiaje organizacional está siendo puesto en cuestión por el Presidente norteamericano. Incluso Estados Unidos se ha retirado de muchas de estas entidades, por ejemplo de la OMS, del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, de la Agencia Internacional de Energías Renovables, del Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo, de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, del Fondo de Población de la ONU y del Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos.
En este mundo con cada vez menos reglas, el conflicto en ascenso en Medio Oriente puede golpear en alguna de las variables que el gobierno argentino dice tener controladas. No estamos en una burbuja. Por el contrario, estamos en una situación de más dependencia que nunca. Por ejemplo, si sube el precio del petróleo, va a subir el precio de la nafta, aunque los costos en la Argentina no cambien. ¿Porque el precio de la nafta tiene que subir en nuestro país si no importamos ese combustible, si la producimos en la Argentina con petróleo que extraemos de nuestro suelo? Este acoplamiento del precio local al internacional tiene consecuencias: aumenta la rentabilidad de las empresas petroleras y afecta la capacidad de consumo de la población. Lo mismo sucede con la carne: al subir el precio internacional, éste se traslada al precio local. Por eso la caída del consumo de carne no se debe sólo a un cambio cultural sino a que sube el precio del producto por encima de los ingresos de la población.
Entre avanzadas que parecen incontenibles y fragilidades visibles, el modelo libertario sigue su marcha. Es necesario construir una oposición amplia y diversa que le proponga a la sociedad un camino alternativo.
